lunes, 21 de mayo de 2012
Eloise
Desde mi altura todo era neblinoso. Sus lívidos labios no demostraban ni la más mínima disposición en ser acariciados nuevamente, sus frágiles manos indolentes reposaban sobre su regazo, y el impalpable deseo de ser contemplado por esas quisquillosas pupilas negras seguía aún en mí junto con las memorias del otoño de nuestro primer encuentro, cuando mirar sus blancas mejillas tornarse de un tenue rosa vivaz, descifrar sus intenciones apenas echándole un rápido vistazo, y sonreír ante su inquietante apocamiento me eran tan irrevocables como una adicción.
Aunque ella desde un principio supo que mis intenciones no eran buenas dedicó su tiempo a cobijarme en su apacible pecho, protegerme del frío, de los demás, y principalmente de mi mismo… y es que desde que nací fui reconocido como un chico atractivo, inteligente, un gran ignorante de las tristezas ajenas y de todo lo que amenazara con arrebatarme la serena realidad en la que vivía.
Delicadamente tomé un mechón de su sedoso cabello oscuro y lo besé tiernamente suplicando ser otra vez evadido por él a la hora de las tímidas frases incompletas. Indiscutiblemente estaba celoso, celoso de las expectantes miradas que ahora le dirigía la multitud, las posibles caricias que su cuerpo pudiese recibir de extraños, los pequeños detalles en su rostro que los demás lograsen percibir, porque para mí su figura era intocable. Tal como ocasionalmente lo eran sus perspicaces ojos azabaches, quienes lograban incomodarme de tan puros que resultaban ser. Todo lo contrario a su casi imperceptible presencia la cual no había causado mayor interés en los demás, por ello el único rasgo que admiro en mi es la curiosidad.
Me había enamorado de ella, de su sincera sonrisa, de la gélida aura que la envolvía al hablar de las injusticias que se cometían continuamente, de sus pequeñas manos que buscaban indecisamente un lugar donde posarse cada vez que me explicaba algo que le excitaba, y sobre todo… su temporal existencia.
CTEH 12/07/2011 0:17 hrs.

